Miriam, Toñi y Desirée desaparecieron la noche del viernes 13 de noviembre de 1992. Las tres adolescentes se dirigían a una fiesta en la discoteca «Coolor», en la vecina localidad de Picassent, y decidieron hacer autostop para llegar a su destino. Según testimonios recogidos en la investigación, fueron vistas por última vez subiendo a un vehículo blanco ocupado por varios hombres cerca de una gasolinera.

Durante los 75 días que duró la desaparición, la búsqueda fue incesante y desesperada. Las familias y vecinos de Alcàsser se movilizaron de inmediato, organizando batidas coordinadas que rastrearon acequias y barrancos. La presión mediática y social fue tal que el Ministerio de Asuntos Exteriores distribuyó 20.000 carteles en siete idiomas a través de sus embajadas, mientras la Interpol seguía pistas que situaban a las niñas incluso en el extranjero. Este periodo de incertidumbre alimentó una profunda psicosis social, marcada por el recuerdo de otros sucesos similares en la región como el caso Macastre de 1989. Al igual que en Alcàsser, Macastre involucró a tres víctimas jóvenes y compartía escenarios geográficos comunes, como un bar en la localidad de Catadau.

El 27 de enero de 1993, dos apicultores hallaron los cuerpos semienterrados en una fosa en el barranco de la Romana, un paraje de muy difícil acceso en el término de Tous. Cerca de la fosa, los investigadores encontraron una pista crucial: trozos de papel que, tras ser reconstruidos, resultaron ser un volante médico a nombre de Enrique Anglés. Este hallazgo llevó a la Guardia Civil al domicilio de los Anglés en Catarroja el mismo día del descubrimiento de los cuerpos.
La fuerza policial procedió a identificar a quienes se encontraban en la vivienda: su madre Neusa, su hermana Kelly, el novio de esta y su hermano Enrique Anglés, a cuyo nombre figuraba el volante médico.
Enrique, Kelly y su pareja fueron trasladados de inmediato al cuartel de Patraix para ser interrogados mientras se iniciaba el registro de la casa. Durante dicha inspección, llegaron a la vivienda otros dos hermanos, Mauricio y Ricardo, acompañados por un amigo de la familia: Miguel Ricart, alias «el Rubio». Al ser reconocido por uno de los guardias como un colaborador habitual de las fechorías de Antonio, Ricart fue también conducido al cuartel en calidad de testigo.
Aunque Enrique fue puesto en libertad esa misma noche tras comprobarse que no tenía relación con los hechos, las contradicciones de Ricart y la identificación de su coche —un Opel Corsa blanco coincidente con las descripciones de los testigos— provocaron que su situación cambiara y fuera finalmente detenido a las cinco de la madrugada del día siguiente, momento en el que comenzó a confesar su participación en el crimen.

¿Dónde está Antonio Anglés?

Respecto a la huida de Antonio Anglés, esta comenzó el mismo día del hallazgo de los cadáveres, cuando logró escapar de su domicilio en Catarroja saltando por una ventana mientras la Guardia Civil registraba la vivienda.

Según el testimonio posterior de su hermana Kelly, ella le ayudó a escapar anudando sábanas a una cama para que él pudiera descolgarse desde la ventana de un cuarto piso. Anglés huyó con dos millones de pesetas que su madre guardaba en casa y, en un alarde de audacia, visitó una peluquería en el centro de Valencia para teñirse el pelo y cambiar su imagen. Antes de abandonar la región, secuestró a un agricultor para burlar el cerco policial. Su rastro pasó por Madrid, donde habría secuestrado a un informático a punta de pistola para que le trasladara en coche hacia la frontera.

Posteriormente, logró llegar a Portugal y ocultarse durante quince días con un toxicómano en Caparica. Finalmente, embarcó como polizón en el buque City of Plymouth en Lisboa con destino a Dublín. Aunque fue descubierto y encerrado en un camarote bajo vigilancia, logró escapar de forma inexplicable —posiblemente con ayuda de un miembro de la tripulación— lanzándose al mar cerca de las costas de Irlanda. A día de hoy, Antonio Anglés sigue siendo uno de los fugitivos más buscados del mundo por la Interpol.
Las confesiones de Miguel Ricart

Miguel Ricart, el único procesado vivo por el crimen, fue detenido tras el hallazgo de los cuerpos debido a su vinculación con Anglés. Tras varias declaraciones contradictorias, terminó reconociendo su participación en los hechos. En un juicio celebrado en 1997, fue condenado a 170 años de prisión, de los cuales cumplió veintiuno antes de ser puesto en libertad en 2013 debido a la anulación de la Doctrina Parot.
Sin embargo, en entrevistas recientes con el investigador Manu Giménez, Ricart ha dado un paso sin precedentes: reconocer públicamente su participación en los hechos y pedir perdón a las familias.
En este nuevo relato, Ricart introduce elementos que alimentan el misterio:
- La presencia de terceros: menciona la participación de un sujeto apodado «El Nano».
- Los tres hombres mayores: Ricart asegura que en el crimen intervinieron tres personas mayores de 50 años que nadie conoce, sugiriendo un posible «crimen por encargo».
- El traslado de los cuerpos: según su última versión, los cuerpos no fueron enterrados inicialmente en La Romana, sino en Alborache, y trasladados posteriormente el día de Reyes de 1993.

¿Conspiración o realidad?
La teoría de la conspiración, defendida fervientemente por Fernando García (padre de Míriam) y el periodista Juan Ignacio Blanco, sostiene que Ricart y Anglés fueron simples «cabezas de turco». Según esta tesis, los verdaderos asesinos serían figuras poderosas involucradas en la producción de vídeos snuff.
Aunque Fernando García reconoció años después que nunca vio la supuesta «cinta definitiva» y que Juan Ignacio Blanco pudo haber jugado con él, la sombra de la duda persiste. Investigadores actuales señalan que la teoría se nutrió de la desconfianza hacia una instrucción judicial que dejó cabos sueltos, como la aparición de un volante médico a nombre de Enrique Anglés en la fosa después de meses de viento y lluvia.
Los enigmas forenses: el ADN que no encaja
Uno de los puntos más controvertidos del juicio fue el análisis de los vellos hallados en los cuerpos. El prestigioso genetista Ángel Carracedo identificó perfiles de ADN mitocondrial pertenecientes a entre cinco y siete personas diferentes.
Sorprendentemente, ninguno de esos vellos coincidía con Antonio Anglés ni con Miguel Ricart. ¿Significa esto que había más asesinos en la escena? Para los defensores de la versión oficial, podría tratarse de contaminación accidental; para los investigadores del misterio, es la prueba de que el caso está lejos de cerrarse.
El impacto social

Más allá de la criminología, Alcàsser marcó el inicio de lo que la autora Nerea Barjola define como la construcción del terror sexual. El tratamiento mediático de programas como «De tú a tú» o «Esta noche cruzamos el Mississippi» convirtió el dolor en espectáculo y envió un mensaje de control a toda una generación de mujeres: la calle y la noche eran lugares peligrosos si no se contaba con protección masculina.
Con nuevas pruebas de ADN autorizadas en 2025 y el análisis tecnológico de vehículos y escenarios 33 años después, el caso sigue vivo jurídicamente.
En 2019, Bambú Producciones estrenó en Netflix El caso Alcàsser , una serie-documental de cinco episodios.