El ascenso del gurú

El origen del Tío Toni no fue el de un líder místico convencional. Antonio comenzó su andadura como un simple herbolario en Castellón que, con el tiempo, se transformó en curandero. Afirmaba que ya no necesitaba plantas para sanar, pues había contactado con «seres de luz» y «médicos de otras dimensiones» que utilizaban su cuerpo como canal.
Bajo esta fachada de «mártir» dulce y necesitado —siempre conectado a un respirador y en silla de ruedas—, atrajo a personas vulnerables que buscaban solución a problemas emocionales o de salud, llegando a afirmar incluso que podía curar el cáncer.
La Chaparra: el búnker de Vistabella del Maestrat

La comunidad se asentó en la masía «La Chaparra», una propiedad de 20.000 metros cuadrados rodeada de cámaras de seguridad, perros y una férrea vigilancia que ahuyentaba a cualquier curioso. Dentro de este entorno aislado, el Tío Toni aplicó tácticas de persuasión coercitiva durante 30 años.
Los miembros de la secta vivían para servir al líder, dedicando sus ingresos a cuidarle y comprarle lujos. El aislamiento era tal que muchos integrantes perdieron el contacto con su «familia biológica», sustituyéndola por la «familia verdadera» del grupo.
Rituales oscuros: engendrar «seres de luz»

El misterio más sombrío de La Chaparra residía en sus rituales. El Tío Toni convenció a sus seguidores, especialmente a las mujeres, de que la salvación del mundo pasaba por prácticas sexuales con él. Estos actos no se presentaban como sexo, sino como una «transmisión de energía» necesaria para liberar a los adeptos de supuestas cargas malignas del exterior.
La manipulación llegó a niveles extremos:
- Abuso de menores: Niños que crecieron bajo el sistema de valores impuesto por el líder.
- Suplantación de identidad: El líder llegaba a sustituir la figura del padre ante los menores de la comunidad.
- Dudas de paternidad: Varios exmiembros solicitaron pruebas de ADN al sospechar que sus hijos eran, en realidad, hijos biológicos de Antonio.
Como muchas sectas de alto control, el Tío Toni utilizaba el miedo al fin del mundo. Existían «escuelas» espirituales donde se preparaba a los jóvenes para un evento catastrófico planetario que ocurriría en 2025. Testigos en el juicio confesaron el temor de que, si Antonio lo hubiera propuesto, la mayoría de los miembros le habrían seguido incluso en un suicidio colectivo debido a la devoción absoluta que le profesaban.
El fin de la secta

El misterio comenzó a desmoronarse en marzo de 2022, cuando una operación policial con helicópteros desarticuló la organización. Antonio G. L. fue enviado a prisión, donde mantuvo un silencio absoluto hasta su muerte por causas naturales en mayo del mismo año, sin llegar a ser juzgado.
Sin embargo, el círculo de complicidad no quedó impune. En marzo de 2026, la Audiencia de Castellón condenó a cinco miembros del núcleo duro —incluida su pareja y su nuera— a penas de entre tres y siete años de prisión por su papel como cooperadores necesarios en los abusos sexuales cometidos en la masía.
Movistar Plus+ ha estrenado «La Chaparra», una serie documental original que narra la historia de la secta.