Granada antes del crimen: poder económico y odio heredado

A comienzos del siglo XX, tras la pérdida de Cuba, la industria azucarera de la remolacha se convierte en uno de los grandes motores económicos de España. En Granada, ese poder queda en manos de unas pocas familias: los García Rodríguez (familia de Lorca), los Roldán y los Alba, estrechamente emparentadas entre sí para conservar influencia política y económica.
El padre de Federico García Lorca participó en la sociedad que levantó la primera fábrica azucarera de la provincia, en Pinos Puente (1904). Aquella alianza generó también pleitos, rencores y conflictos soterrados que marcarían las décadas siguientes.
Granada era una ciudad donde los agravios no se olvidaban.
La casa de Bernarda Alba: literatura como detonante

El conflicto estalla definitivamente con la escritura de La casa de Bernarda Alba. Federico construyó la obra inspirándose en personajes reales de su entorno familiar, especialmente vinculados a los Alba y los Roldán, que según los descendientes y la documentación posterior, distaba mucho de la imagen que ofrece la obra.
El problema no fue solo el retrato, sino la negativa de Lorca a cambiar los nombres. Cuando en el verano de 1936 da a conocer la obra en Granada, tanto su madre como su hermano Francisco le piden que los modifique. Federico se niega. La obra fue entendida como una afrenta pública.
Julio de 1936: Granada cae en manos de los sublevados

Federico García Lorca llega a Granada el 14 de julio de 1936, convencido de que el peso de su familia lo protegería más que regresar a Madrid. Se equivoca.
Tras el golpe militar:
- Granada capital cae rápidamente en manos franquistas
- Se convierte en una isla de terror rodeada de territorio republicano
- Comienzan las detenciones arbitrarias, los paseos y los fusilamientos nocturnos
Entre los apoyos civiles más destacados a los sublevados se encontraba Horacio Roldán, propietario del periódico El Ideal, vinculado a Acción Popular. Federico estaba marcado.
El incidente del 9 de agosto y el traslado a casa de la familia Rosales

El 9 de agosto de 1936, Federico García Lorca es vejado y golpeado en la Huerta de San Vicente, su residencia familiar. El episodio confirma sus peores temores: ya no está a salvo. Aterrorizado, pide ayuda a la familia Rosales, falangistas influyentes y amigos personales del poeta, sobre todo su hijo Luis Rosales y se traslada a vivir a su domicilio en la calle Ángulo nº 1 (actualmente el Hotel Cristina) esa misma noche, a bordo de un taxi. Ese será su último refugio.
Durante días, el poeta permanece encerrado, tocando el piano y leyendo para entretenerse. Consciente de que su nombre circula en listas negras, no sale en ningún momento del edificio.
La detención de Lorca

A las 13:30 horas del 16 de agosto de 1936, llegan a la casa de los Rosales:
- Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA
- Juan Luis Trescastro
- Federico Martín Lagos, falangista
Federico García Lorca es arrestado por Ruiz Alonso sin orden escrita y oral mientras la casa es rodeada por diversos hombres armados. Durante su detención, sólo están en la casa la tía y la madre de los Rosales.
Es introducido en un automóvil y trasladado al Gobierno Civil de Granada, situado en la actual Facultad de Derecho.
De Granada a Víznar: el camino sin retorno

Esa misma noche, Nicolás Velasco Simarro, teniente de la Guardia Civil y secretario particular del gobernador Valdés Guzmán, ordena que Lorca sea trasladado a La Colonia, un antiguo cortijo en Víznar, a unos siete kilómetros de Granada. En época estival recibía a escolares en sus vacaciones.
La Colonia no era una prisión: era la antesala de la muerte. Allí se retenía a los detenidos antes de ser fusilados sin juicio ni defensa legal.
El fusilamiento: madrugada del 17 de agosto
Junto a Federico García Lorca fueron conducidos a Víznar:
- Francisco Galadí, banderillero anarquista
- Juan Arcoyas Cabezas, banderillero
- Dióscoro Galindo, maestro de escuela
El responsable de custodiar y ejecutar a los cuatro fue el teniente de Asalto Martínez Fajardo.
El lugar del fusilamiento y el enterramiento

El capitán Nestares ordenó al ayudante Manuel Martínez Bueso que acompañara a los ejecutores como testigo. Años después, fue él quien dio pistas sobre el lugar del enterramiento.
La ubicación más precisa sitúa la fosa en Los Llanos de Corbera, cerca del camino entre Víznar y Alfacar, unos 400 metros antes del punto tradicionalmente señalado.
El terreno fue elegido por una razón práctica y macabra:
- Suelo húmedo
- Pozos de agua subterránea
- Excavación más fácil
Los focos de varios coches, como testigos mudos de la noche, iluminaron la ejecución.
Miguel Caballero sitúa la ejecución antes de las cuatro de la mañana. El dato es clave: el teniente Martínez Fajardo abandonó el lugar a las cinco para incorporarse al frente, por lo que la muerte de Lorca tuvo que producirse antes.
“Le pegué dos tiros en el culo por maricón”
Esta frase se le atribuye a Juan Luis Trescastro. Aunque algunos historiadores la consideran una bravuconada posterior, refleja el clima de odio y humillación que rodeó el asesinato.

¿Quién enterró a Federico García Lorca?
Los propios ejecutores cavaron la fosa inicial. Horas después, ya de día, tres presos de La Colonia fueron obligados a enterrar definitivamente los cuerpos.
Los inductores del crimen

Se señala como principal instigador a Ramón Ruiz Alonso, responsable directo de la detención y del operativo, aunque no presente en el fusilamiento.
El otro gran responsable fue Nicolás Velasco Simarro, gobernador civil de facto en esos días, a quien se atribuye la coordinación de la represión, fusilamientos y desapariciones en Granada.
Federico García Lorca no murió en el caos de una guerra. Murió porque molestaba, porque escribió, porque no calló y porque en Granada los agravios se pagaban caro.
Su asesinato tiene nombres, fechas, armas y lugar. Solo falta una cosa: su cuerpo.

Mientras no aparezca, Lorca seguirá siendo un desaparecido, un poeta enterrado en la tierra y en el silencio de un país que aún no ha terminado de mirarse al espejo. Y para muestra, unas palabras dichas no hace tanto por un petulante dirigente de uno de los principales partidos políticos del país:
«Si es que en pleno siglo XXI no puede estar de moda ser de izquierdas. Si son unos carcas, si están todo el día con la guerra del abuelo, con las fosas de nosequién, con la memoria histórica…«.